ÉXITO FRACASO
Definimos el aprendizaje en estos términos. Definimos la
vida en estos términos. O estamos de un lado o estamos del otro. O somos buenos
en matemática o la matemática no es para nosotros. O pintamos bien o no
entendemos nada de pintura.
Y los que quedan en el medio, en ese gran intermedio forman
parte de los NI, de los tibios. He oído, a lo largo de tantos años de escuela,
decir a los docentes que tal o cual es tremendo o brillante y que el resto, son
del montón. Ojalá hubiese más Virtudes Choique en nuestras escuelas.
De esta manera viven nuestros niños: estimulados por los
adultos en buscar ser “los mejores”, en destacarse, o de esta manera les
mostramos cómo es la vida, cómo permanecer y desarrollarse en la escuela.


En la escuela aún se oye: “Los tres primeros tienen un diez”
o “Vamos a ver quién termina más rápido”.
Y también se escucha: “¡Vamos señor, no va a ser otra vez el último!”. “La que se porta mejor hoy va a buscarme el
tapado a la sala de maestros”, decía graciosa y feliz mi maestra de sexto
grado.
Dice Philip Jackson: “Mucho antes de llegar a la edad
escolar, cada niño experimenta el dolor del fracaso y el júbilo del éxito; pero
sus logros, o las ausencias de estos, no se hacen oficiales hasta que ingrese
en el aula. A partir de entonces se acumula, poco a poco un registro
semipúblico de su progreso y, como estudiante, tiene que aprender a adaptarse
al espíritu continuado y penetrante de la evaluación que dominará sus años
escolares”.
En todo caso el éxito podría consistir en ser cada vez mejor
persona, mejor compañero, mejor aprendiz. No para sacar buena nota o estar en
el otrora cuadro de honor, sino para ser más feliz.



